El uruguayo desplegó un show con sus nuevas canciones y algunos clásicos con una banda que sorprendió, en conjunto e individualmente. Hubo momentos para el recuerdo y la emoción.

Si hay algo que caracteriza al intérprete y compositor uruguayo Jorge Drexler es la comunión que acompaña sus canciones, entre el sonido y la palabra.
La originalidad del músico nacido en Montevideo y madrileño por adopción, reside en la manera de componer sobre cuestiones de la vida y el amor, con un concepto técnico e informativo. Sus canciones son pequeñas crónicas repletas de datos. No son simples relatos sonoros donde riman las palabras, son verdaderas tesis sobre el hombre, las relaciones y su participación en el mundo. Mientras el protagonista de esos 4 minutos se enamora, cambia de país, tiene hijos, se hace preguntas vive y transcurre, se hace preguntas y a veces encuentra respuestas.
A principios de este año, el uruguayo lanzó su decimoquinto disco, Taracá, un trabajo en el que pone el acento en el sonido del candombe, la música de su tierra, y otra vez eso tuvo que ver con el ciclo de la vida: murió su papá y se dio cuenta de que él es el primero en la línea familiar, ahora como padre y no como hijo. Ese sentimiento, lo devolvió a su lugar nativo a través de las músicas del disco: el sonido del tambor chico, y a su vez el ta-ra-ca que implica también Estar acá… “tar”, de “estar» esa muletilla uruguaya tan entrañable.
El domingo 12 de abril, Drexler desembarcó en la ciudad de Córdoba para presentar ese disco, con una banda conformada por músicos extraordinarios, de diferentes latitudes y orígenes musicales: el candombe, el flamenco, la canción de autor y lo clásico. Durante dos horas, esa amalgama de excelencia musical impactó en un público que no solo coreó cada canción (incluso las más nuevas), también se asombró y disfrutó cada segundo
Hay algo en la forma en que el artista maneja a un público como el argentino, que quiere expresarse todo el tiempo, ya sea cantando, aplaudiendo o expresando su admiración a viva voz en los silencios entre canciones. Un solo movimiento con las manos para que el aplauso se haga chiquito y se escuchen los tambores, la pausa para oír los gritos de los fans y responderles de a uno, y el fraseo en canon mientras el coro entonaba alguna canción, conjugando voces. Es la manera del músico de agradecer y poner en relieve a un público que lo sigue y lo acompaña y entiende perfectamente su impronta.
De esta manera, en diálogo permanente (a veces para hablar de las actualidad, otras para advertir sobre los propios errores técnicos de la noche solo perceptibles para él y sus músicos, otras para contar anécdotas)el uruguayo presentó un concierto impecable, en donde , otra vez: tres cosas fueron protagonistas: la palabra, las canciones y los sonidos. En las tres instancias del show, hubo amalgama entre el sonido del escenario, los visuales (en ¿Hay alguien A.I.?, ese Drexler que se cantaba a si mismo multiplicado en las pantallas, los dúos con las imágenes de cada voz a cada lado, en un trabajo genial de la gente de video del artista) y la luces, que acompañaron el sonido de los tambores y el ritmo, denotaron un interés del equipo por que el espectáculo se disfrute en cada punto del espacio.
Tras un comienzo con la banda completa y algunos temas de Taracá, la segunda parte tuvo la cercanía, también necesaria para el artista que caminó a oscuras los metros que separaban al escenario de la pequeña tarima ubicada al fondo de la platea, y desde ahí trazó un momento del concierto intimista, jugando con el intercambio que ofrecía desde el escenario con el contrabajo la española Ale López. Desde allí, a media luz sonaron “Soledad”, “Al Otro lado del rio” (emotivo el dúo que se generó con el coro del público), “Mi Guitarra y Vos”, “Inoportuna” entre otros
De regreso al escenario principal, volvió el sonido completo con los tambores de Marc PinyolEva Català yJulio Sanrizz al frente, explicando la función de cada instrumento en el candombe, especialmente la del tambor chico, origen del sonido y del Taracá. Fue el momento para trazar una línea de tiempo de sus 30 años de carrera con tres canciones: “Bienvenida”, “Tamborero” y “Tambor chico”. Luego vendrá el homenaje a Joaquín Sabina con “Pongamos que hablo de Martínez”, la milonga “Cuando cantaba Morente”, dedicada al cantaor español, que en el disco tuvo a Ángeles Toledano como su partener y aquí a una integrante de su banda, Miriam La Trece, también intérprete de flamenco y compositora española Hubo más del nuevo disco casi en el final: “Las palabras”, “Qué será que sea” “Nuestro trabajo/los puentes” (como si esa canción representara la esencia de esta artista, cantar para transmitir emoción sin dejar de ver el presente, su tarea) y una versión simple, casi a capella y fuera de programa de “Sea”, para recordar a Mercedes Sosa, antes de cerrar con “Ante la Duda, baila”, la historia de la prohibición de la danza a través de los años y las regiones, y que aquí se multiplicó en voces y pasos de baile, con el Quality desbordado de euforia, el sonido intercambiando flashes con las luces, las palabras cayendo como esos papeles que cuentan la historia, y que hablan del presente de un artista que fue creciendo y contándolo. Y que dejó en boca de los que estuvieron en el concierto repitiendo el “qué bueno fue taracá”.






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