El mítico espacio cultural del Barrio Alberdi, en Córdoba cumplió medio siglo desde su inauguración, en abril del 76 y tuvo su celebración en el Teatro Comedia.

Por Pablo Aguiar Cáu. Fotos Juanjo Coronell

Me imagino un abril difícil, el del 76. Un país donde el «peso ley 18188» llegaba baqueteado después de un Rodrigazo feroz. La militancia había quedado huérfana después de la partida del General y una junta militar asomaba para arrasar con todo. La Triple A ya perseguía a algunos artistas y las listas negras eran un común denominador en los medios de comunicación y en los festivales. Mientras tanto un poeta se juntó con otros locos para hacer lo más peligroso que se podía hacer en esos tiempos oscuros: abrir una peña.

“Habíamos alquilado la casa, volteado paredes, le debíamos guita a medio mundo. Hubo que abrir”, me confesó Tito Acevedo. Y abrieron. Córdoba ya tenía su linaje peñero con El Alero de los Riofrío, la peña del Chito Zeballos o El Cascote, pero Tonos tenía un «no sé qué». Un imán que, cincuenta años después, sigue llenando teatros para invocar a sus fantasmas.

La complicidad del vino fiero

Dice Tito que ellos nunca se propusieron ser un bastión de resistencia cultural; simplemente no se dieron cuenta hasta que pasaron los años. Pero el público sí lo sabía. Existía una complicidad sagrada que permitía aguantar el vino fiero y las «polémicas» empanadas. No quiero ni pensar en lo que habrá costado aquel aceite Cocinero con el que llenaron la olla para freír la nostalgia; sospecho que en esas burbujas se cocinaba algo más que masa y carne.

Por la calle Santa Fe 450 pasaron todos los prohibidos: desde el Cuchi y el Dúo Salteño hasta un Víctor Heredia que encontraba allí el refugio que le negaban las radios. Los que iban cantando desde Uruguay o Cecilia Todd desde Venezuela. Todos venían a un espacio poco común. 120 lugares “oficiales” en donde no volaba una mosca ni se servía comida mientras el artista estaba en el escenario; para eso estaba el “intervalo”. Era común ver la puerta abarrotada, con gente intentando cazar una zamba desde la vereda.

Una misa setentera

Algo de ese amontonamiento místico se repitió este 15 de abril. El Teatro Comedia se vio desbordado y un centenar de personas se quedó afuera, rumiando la misma sed de hace cinco décadas. Adentro, se vivió una misa setentera. “Yo tengo que entrar porque salgo en la foto del afiche”, me imploró un hombre en la puerta. En ese instante, comprendí la premisa de Tito: el homenaje era para ellos, para los que resistieron desde la butaca y el escenario.

La noche fluyó entre el humor y el nudo en la garganta. Facundo Pérez Montiel y Tato Mateo rompieron el hielo, seguidos por un regreso emotivo del Dúo Argentino (Negro Álvarez y Lalo Sosa). Mario Díaz trajo a Nebbia para recordarnos que esta es la «nueva zamba para nuestra tierra», mientras Chiquito Catramboni lograba el milagro de poner a quinientas personas en un silencio de iglesia para escuchar sus anécdotas de Trovador.

El mantra de la memoria

Hubo confesiones de amor: Marcelo Santos admitió que siempre soñó con ser «programado» en Tonos, y Silvia Lallana recordó sus bautismos de fuego con Americanto. Cuando sonó el mensaje de Francisco Heredia, Horacio Sosa y Sergio Korn improvisaron un dúo para pedir «quiero una vida mejor, como en los años setenta». Fue un viaje directo a la médula de aquellos años.

Roberto Cantos puso la firma de Los Copla “Julio promete estar para el mundial”, Liliana Rodríguez nos acarició con una «Zamba del laurel» exquisita y, para el final, Quetral (con la Tere Ferrero y el Zurdo Roqué) hizo que la platea olvidara el protocolo y se pusiera a bailar, homenajeando al querido Chiri Montero. El cierre fue un grito de guerra y de paz: «Lunita de Alberdi» cantada por un coro espontáneo que unió almas y sanó heridas.

Fue un mantra. Un espacio que no llegó a la mayoría de edad —apenas 17 años de vida física— pero que lleva medio siglo invicto en el imaginario popular. Otros tiempos, otra Córdoba, pero el mismo fuego.

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